Un paraíso llamado Torimbia

Y llega ese día en el que estás al borde del mar y se siente cálido, ese primer día del año en el que te puedes dejar acariciar por los rayos del sol sobre la arena. Y en nuestro caso esa maravillosa sensación de que el sol llega para quedarse una temporada decidimos vivirla en la playa de Torimbia

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Pasado Niembru, un pequeño pueblo de calles estrechas y empinadas, se llega al parking de la playa de Torimbia. Bajarse de la furgo y asomarse a la playa es entender lo que significa el amor a primera vista. Es como estar admirando una obra de arte y no encontrar las palabras suficientemente hermosas para describirla. Lo único que se puede hacer es dar las gracias a la naturaleza desde lo más profundo del alma pues al fin y al cabo es ésta la que se alimenta de semejante belleza.

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La bajada hasta la playa discurre por un sendero con un creciente olor a mar. Desemboca en una arena fina y en el suave batir de las olas que acompañan cada paso que das por su orilla. Agua fría pero sentimientos cálidos. Brisa aparente que se calma cuando lo necesitas.

Un océano de placeres que se acentúa con los ojos cerrados pues solo se oye el mar y los pájaros, demostrando así la Naturaleza ser la mejor fuente de relax para un agitado y cada vez menos presente Ser humano.

Después de un desayuno de té y pan con aceite nos espera un relajado paseo hasta el cercano pueblo de Barro, dominado por la majestuosa Iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. La iglesia está custodiada por el mar y pequeñas embarcaciones quedando prácticamente rodeada cual fortaleza con la subida de la marea

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No todas las pequeñas barcas que rodean el templo siguen surcando el mar. Algunas ya han sido muy agitadas por la bravura del Cantábrico y se encuentran disfrutando de un merecido descanso al lado de el Santín. Pero no todas mantienen su apariencia de entonces y se han entregado al olvido y al abandono, recordándonos con su propio sacrificio la valiosa lección de que para mantener algo hay que cuidarlo o será el tiempo implacable el que se encargue de dejar solo su esqueleto llevándose su esencia a algún lugar de muy difícil rescate.

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Y como el día había amanecido con espíritu de maestro, nuestros pasos nos llevaron hasta la ermita del Santín donde solo un ramo de laurel, una pequeña virgen y una inscripción acompañaban a un doloroso Jesús crucificado. Solo tengo lo que di, rezaba el mármol. Cuanta verdad.

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Si vas  a esta parte del paraíso no olvides recitarle a ese grandioso mar dador de vida los versos de Antonio Machado que tanto le gustan:

Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar

 

 

 

 

La furgorruta por Francia y Bélgica (y V)

Cuatro horas de furgo lloviendo hasta París  merecen la pena cuando al llegar la fortuna te tiene reservado un sitio gratuito y tranquilo para aparcar en los Campos Elíseos a orillas del Sena.  Desde allí, los cinco días que nos acogió la ciudad de la Luz y del Amor, nos movimos a pie para descubrir todo lo que tenía para ofrecernos, que fue mucho.

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Un primer día de tranquilos paseos por la lujosa (tal vez pomposa) avenida de los Campos Elíseos, el jardín de las Tullerías, el arco del triunfo y la plaza de la Concordia nos devuelven, ya de noche, al puente del Sena donde tenemos la furgo y desde el que podemos ver a lo lejos la impresionante Torre Eiffel.

 

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Al día siguiente, decidimos buscar rincones por el barrio latino, encantadoramente acogedor y muy barato para comer y llevarse a casa recuerdos típicos de París. Para llegar hasta él recorremos la orilla del Sena pasando por el Museo del Louvre y la prodigiosa Catedral de Notre Dame donde pudimos revivir en nuestra memoria la historia de Esmeralda y Quasimodo.

Como las colas para entrar eran interminables y nosotros íbamos buscando rincones, momentos, sus gentes y costumbres…. nos conformamos con verlos desde fuera y nos hicimos la promesa de entrar en la siguiente visita a la ciudad (siempre hay que dejar algo para volver).

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La lluvia incitaba a tomar un café y lo hicimos en el mejor de los espacios para ello, la Shakespeare & Co, librería antigua de principios del siglo XX, con personalidad propia y un penetrante olor a libros e historias secretas. Tener entre tus manos una joya literaria y poder sentarte a leer bajo la luz de París con Notre Dame al fondo es un recuerdo que quedará en tu corazón para siempre.

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A continuación, y todavía con el sabor del café, bajamos a la orilla del Sena para dar un paseo en barco y ver lo imprescindible de París desde su arteria acuática, en nuestro caso bajo la interminable lluvia parisina.

Otro amanecer en París guía nuestros pasos en la busqueda de mercados locales.  En esta ocasión fuimos a la calle Saxe que contaba con el atractivo añadido de estar muy cerca de nuestro destino dl día, la torre Eiffel. Resultó ser un mercado pequeño pero lleno de encanto y de lugareños comprando quesos, pescados y flores.

Y un poco más tarde, desde el Campo de Marte, por fín, la Torre Eiffel,  majestuosa y a la vez envuelta en un halo misterioso. Dejando de lado la controvertida historia de su construcción hay que decir que su presencia impone y su vista te hace volar hasta lo más alto de sus 320 metros de altura y ver todo París a tus pies. Imposible no emplazarse a uno mismo para volver a verla.

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De la Torre Eiffel al Museo Oriental, repleto de piezas insólitas merecedoras de un recorrido detallado por sus cuatro plantas dedicadas a esa filosofía e historia. Si te atrae, puedes encontrar tapices, esculturas, ropajes o libros  de Camboya, Vietnam, Japón, China, Corea o Tailandia entre otros.

Desde ahí, ahora por la otra orilla del río, volvimos a la furgo a descansar para afrontar la que sería nuestra última visita en París, el barrio de Montmartre.

Sencillamente atrayente. Perderse por sus calles es oler a acuarela y oleo, escuchar música, funambulistas en rincones escondidos… Es tocar su historia de años y años de artistas en cada rincón. Imposible irse de París sin deleitarse con estas sensaciones. A éstas le podemos añadir una incursión al cementerio de Pѐre Lachaise, donde se mezclan sentimientos de inquietud y paz.

 

 

 

Y para finalizar nuestro viaje algo muy carnal, una velada en el Moulin Rouge. Dos horas de espectáculo de revista acompañado con Champagne nos llevaron a la furgo para pasar nuestra última noche soñando con boas y lentejuelas.

 

El poeta Félix Grande escribió:

“Donde fuiste feliz alguna vez

no debieras volver jamás: el tiempo

habrá hecho sus destrozos, levantando

su muro fronterizo

contra el que la ilusión chocará estupefacta”

Precioso poema modificado en parte por el grandísimo Sabina en su frase de Peces de ciudad y que dice así: “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”

Pero nosotros no vamos a hacerle caso a ninguno y sí, vamos a volver al encuentro de la felicidad, a disfrutar del viaje, de cada rincón de dentro y fuera de nuestra querida furgo, de cada conversación, de cada mirada cómplice y de cada segundo de nuestras vidas.

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La furgorruta por Francia y Bélgica(IV)

Fueron seis horas de viaje hasta Brujas por lo que, cuando nos alcanzó la noche, decidimos parar a dormir en un precioso pueblo  llamado Oostende. Se notaba la latitud en los 16 grados de temperatura en pleno Agosto, aunque el frío se compensaba con  un sitio abierto, limpio, acogedor y a orillas del mar. Nos fuimos a la furgo con fuegos artificiales de fondo. Brujas espera……

Al día siguiente llegamos a Brujas y tras aparcar nos dirigimos emocionados hacia el casco antiguo. La ciudad es pequeña pero llena de  rincones que te atrapan a cada paso.

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Tras la obligada visita a la oficina de turismo nos dirigimos directamente a los canales para recorrerlos en bote y tener una vista panorámica de la ciudad desde su parte mas emblemática, las arterias de agua que la recorren.

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Ya en tierra firme, hicimos una pausa para comer unos ricos mejillones en una plaza ambientada con música y espectáculos (pudimos comprobar que la cerveza de Brujas sabe mejor en Brujas)

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Después de comer un paseo romántico por la ciudad nos hizo amar aún más el sitio, la plaza Mark, el Ayuntamiento, la Basílica de la Santa Sangre, la Catedral de San Salvador y más, mucho más. Caminar por sus callejuelas empedradas y llenas de tiendas de chocolate belga te hace retornar a tu infancia y desear tener otra vez seis años para comer todos aquellos dulces (sin remordimientos)

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Aún así, y aunque nuestra niñez ya está lejos, volvimos a disfrutar de su sabor sentados en una terraza a los pies de la torre del Ayuntamiento disfrutando del placer de un gofre de chocolate que haría las delicias de cualquiera en un marco incomparable.

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Mas tarde, ya con la luna, un paseo nocturno con un cucurucho de las típicas patatas con salsa Andalouse nos llevó a la furgo para descansar antes de partir hacia nuestro último destino, la ciudad del amor y de la luz, París.

La furgorruta por Francia y Bélgica (III)

Llegó por fin la que habíamos marcado como una de las paradas estrella de nuestro camino, el Monte Saint Michel. El mundo de dragones, doncellas y caballeros con armaduras que le ofreció a nuestra imaginación superó nuestras expectativas con creces.

La furgo se quedó en el parking y desde allí  elegimos, entre las tres opciones posibles (bus lanzadera, coche de caballos y a pie), atravesar el puente andando. Acercarse poco a poco hacia la abadía es ir introduciéndote en un cuento medieval. Su silueta se impone majestuosa ante cualquiera que se vaya acercando a sus puertas, retrocediendo diez siglos al atravesarlas.

Ya dentro de las murallas, empedradas y empinadas calles susurran sus misterios a todo aquel que quiera escucharlos. La primera parada en la iglesia de San Pedro sirve para ir conectando con la esencia del lugar antes de llegar a la misteriosa Abadía que corona el monte, lugar ideal para ver la subida de la marea que, como dice la leyenda, sube cual caballo al galope para inundar casi por completo la bahía. Tuvimos la ocasión de verlo desde la terraza siendo una experiencia altamente recomendable a pesar del frio viento (lleva una chaqueta aunque sea verano y vete dos horas antes de la hora de pleamar prevista en la tabla oficial de mareas).

Tras una visita por la Abadía volvimos a la nave central para unirnos a una Eucaristía que, a pesar de no entenderla porque era en frances, fue emocionante hasta el punto de robarnos unas lágrimas. Allí habitan los monjes y las monjas de la Orden Monástica de Jerusalén, cuya paz reflejada en sus rostros se mete hasta lo más profundo del alma. Gracias por ese regalo.

Algo más profano pero igualmente enriquecedor es pasear por la bahía cuando se retira el mar, pues queda una especie de lodo que cubre los pies con una sensación de frescura aterciopelada. Además permite ver la zona amurallada y la Abadía desde abajo y desde todos los ángulos dando acceso a una pequeña capilla situada en la parte trasera del monte.

De vuelta a la furgo comimos algo y dejamos temporalmente Francia para dirigirnos hacia nuestra próxima parada, Brujas.

La furgorruta por Francia y Bélgica (I)

En algún sitio leímos que los viajes se viven tres veces, cuando lo preparas, cuando lo haces y cuando lo cuentas. Nosotros empezamos a prepararlo mucho antes, como nos gusta, en el jardín, con una cerveza, música y mucha ilusión. Planeamos un par de rutas posibles pero dejando siempre la puerta abierta a lo que surja. El verdadero plan es que sea el viaje el que vaya enseñándonos el camino y el propio camino el que vaya solucionando el viaje.

Una vez todo planeado llegó el día. La aventura comenzó rumbo a San Juan de Luz, que nos recibió con un atardecer de cuento. Un majestuoso sol nos dejó la sensación de  haber estar esperando por nosotros para ofrecer un espectáculo de luz indescriptible antes de continuar su viaje más allá del horizonte. 

Con las retinas aún teñidas de luz anaranjada y buscando más placeres para los sentidos nos adentramos en sus calles, empapándonos de olor a chocolate en mil formas y sabores, con frutos secos, naranja, frutas…..mmmmmm ( y si, ¡también de su sabor!). 

Para continuar con los sentidos, el oído no podía ser menos, por lo que decidimos dormir junto al mar con el relajante sonido de las olas.

El mismo sol radiante que nos despidió cuando llegamos nos dio la bienvenida al día siguiente, invitándonos a pasear por la punta de Santa Bárbara y disfrutar un poco de la playa antes de seguir rumbo a nuestra siguiente destino, la maravillosa isla de Rè

Y de entre todos, Tú

Si alguna vez has tenido que pensar un nombre para un post o algo similar te habrás dado cuenta de lo fácil que parece y lo difícil que es cuando llevas escritos más de cien en una libreta. Nuestro caso no fue diferente, incluso le preguntamos a nuestros hijos que nombre le pondrían. Eso sí, teníamos claro que tenía que llevar la palabra maleta. Ya te puedes imaginar que hay por aquí una niña de seis años cuando uno de los nombres fue la maleta rosa de purpurina.

Al final surgió del silencio, sin pensar, ¡la maleta descalza! 

Y a los dos nos llenó, era como si el nombre estuviera ya elegido y lo hubiéramos adivinado. Algo así como un, dos, tres, responda otra vez, pero sin tacañonas

¿Por qué una maleta? Porque nos pareció un buen lugar para guardar nuestros tesoros, fotos hechas y por hacer, recuerdos e ilusiones, las ganas de vivir, el amor y el miedo….todo cabe y todo es cambiante. De una maleta podemos sacar y meter todo acorde a nuestra evolución. Dicen que lo único constante es el cambio. Renovarse o morir

¿Y por qué descalza? Porque si, porque así nacemos, porque así morimos y porque entre tanto le debemos contacto a la Madre Tierra que nos nutre, nos acoge y nos mantiene vivos. Sentir la tierra bajo nuestros pies es un regalo de Dios (póngase aquí Unidad, Creador, Energía, Universo….)

Nuestro fin es que conozcas nuestra historia, que nos acompañes en nuestra evolución, que nos des tu opinión y nos cuentes tu experiencia, porque Yo soy Tú, Tú eres Yo y todos somos Uno.

Un abrazo con el alma

Carlos y Lydia