La furgorruta por Francia y Bélgica (y V)

Cuatro horas de furgo lloviendo hasta París  merecen la pena cuando al llegar la fortuna te tiene reservado un sitio gratuito y tranquilo para aparcar en los Campos Elíseos a orillas del Sena.  Desde allí, los cinco días que nos acogió la ciudad de la Luz y del Amor, nos movimos a pie para descubrir todo lo que tenía para ofrecernos, que fue mucho.

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Un primer día de tranquilos paseos por la lujosa (tal vez pomposa) avenida de los Campos Elíseos, el jardín de las Tullerías, el arco del triunfo y la plaza de la Concordia nos devuelven, ya de noche, al puente del Sena donde tenemos la furgo y desde el que podemos ver a lo lejos la impresionante Torre Eiffel.

 

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Al día siguiente, decidimos buscar rincones por el barrio latino, encantadoramente acogedor y muy barato para comer y llevarse a casa recuerdos típicos de París. Para llegar hasta él recorremos la orilla del Sena pasando por el Museo del Louvre y la prodigiosa Catedral de Notre Dame donde pudimos revivir en nuestra memoria la historia de Esmeralda y Quasimodo.

Como las colas para entrar eran interminables y nosotros íbamos buscando rincones, momentos, sus gentes y costumbres…. nos conformamos con verlos desde fuera y nos hicimos la promesa de entrar en la siguiente visita a la ciudad (siempre hay que dejar algo para volver).

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La lluvia incitaba a tomar un café y lo hicimos en el mejor de los espacios para ello, la Shakespeare & Co, librería antigua de principios del siglo XX, con personalidad propia y un penetrante olor a libros e historias secretas. Tener entre tus manos una joya literaria y poder sentarte a leer bajo la luz de París con Notre Dame al fondo es un recuerdo que quedará en tu corazón para siempre.

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A continuación, y todavía con el sabor del café, bajamos a la orilla del Sena para dar un paseo en barco y ver lo imprescindible de París desde su arteria acuática, en nuestro caso bajo la interminable lluvia parisina.

Otro amanecer en París guía nuestros pasos en la busqueda de mercados locales.  En esta ocasión fuimos a la calle Saxe que contaba con el atractivo añadido de estar muy cerca de nuestro destino dl día, la torre Eiffel. Resultó ser un mercado pequeño pero lleno de encanto y de lugareños comprando quesos, pescados y flores.

Y un poco más tarde, desde el Campo de Marte, por fín, la Torre Eiffel,  majestuosa y a la vez envuelta en un halo misterioso. Dejando de lado la controvertida historia de su construcción hay que decir que su presencia impone y su vista te hace volar hasta lo más alto de sus 320 metros de altura y ver todo París a tus pies. Imposible no emplazarse a uno mismo para volver a verla.

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De la Torre Eiffel al Museo Oriental, repleto de piezas insólitas merecedoras de un recorrido detallado por sus cuatro plantas dedicadas a esa filosofía e historia. Si te atrae, puedes encontrar tapices, esculturas, ropajes o libros  de Camboya, Vietnam, Japón, China, Corea o Tailandia entre otros.

Desde ahí, ahora por la otra orilla del río, volvimos a la furgo a descansar para afrontar la que sería nuestra última visita en París, el barrio de Montmartre.

Sencillamente atrayente. Perderse por sus calles es oler a acuarela y oleo, escuchar música, funambulistas en rincones escondidos… Es tocar su historia de años y años de artistas en cada rincón. Imposible irse de París sin deleitarse con estas sensaciones. A éstas le podemos añadir una incursión al cementerio de Pѐre Lachaise, donde se mezclan sentimientos de inquietud y paz.

 

 

 

Y para finalizar nuestro viaje algo muy carnal, una velada en el Moulin Rouge. Dos horas de espectáculo de revista acompañado con Champagne nos llevaron a la furgo para pasar nuestra última noche soñando con boas y lentejuelas.

 

El poeta Félix Grande escribió:

“Donde fuiste feliz alguna vez

no debieras volver jamás: el tiempo

habrá hecho sus destrozos, levantando

su muro fronterizo

contra el que la ilusión chocará estupefacta”

Precioso poema modificado en parte por el grandísimo Sabina en su frase de Peces de ciudad y que dice así: “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”

Pero nosotros no vamos a hacerle caso a ninguno y sí, vamos a volver al encuentro de la felicidad, a disfrutar del viaje, de cada rincón de dentro y fuera de nuestra querida furgo, de cada conversación, de cada mirada cómplice y de cada segundo de nuestras vidas.

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